Tanto…

Tantos rostros y voces, 
tantos caminos y vidas,
tantos dolores y alegrías, 
tantos sueños y frustraciones…

Tanto que me llega y crece, 
tanto que me interesa y muere,
tanto que prometo y olvido,
tanto que me compromete y actúo…

Tanta paciencia y bronca, 
tanta lucha y resignación,
tanto aguardar y perder, 
tanto andar y encontrar por sorpresa…

Tanto en el día,
tanto en la vida,
tanto camino,
tanto Dios…

Tiempo y camino…

No pasa en vano el tiempo
dedicado a compartir,
conocer y orientar;
lleva mucho secreto de vida
ver que hoy, es distinto a lo que se va…

El mismo que hoy te preocupa,
mañana te sorprenderá,
el que avanzó ayer acelerado, 
hoy se detuvo o retrocedió más…

Ver con sabiduría estos andares,
ayudar a dar a luz al hombre que se es,
dotarlos de palabras que, sembradas,
un día han de brotar y, florecer…

Contemplar la acción de Dios en tantas vidas,
me privilegia, sin medida y sin mérito, 
solo estoy, dónde me enviaste,
solo hago, lo que me enseñaste…

Distinguir entre “hablar” y “decir”

Muy bueno para verse uno en su “hablar” o “decir”…

blog de joseferjuan

Leo en un libro, esta misma mañana: Es preciso distinguir entre “decir” y “hablar”. No trasmito bien con mis palabras la preocupación del escritor. Vuelve a leer la misma frase pero preocupado: Es preciso distinguir entre “decir” y “hablar”. Yo me imagino al escritor, llegado este momento de su reflexión, casi dándose golpes con la cabeza en la mesa, o levantando entre aspavientos los brazos, o moviéndose sin parar por la habitación y deteniéndose de golpe. Como si hubiese llegado a un punto sin salida.

Cuando le he leído, sin querer, interpreté aquello más típico que distingue entre contemplar y ver, entre escuchar y oir. Me parece, en cierto modo, más de lo mismo. Pero nunca hasta hoy lo había leído. Y quisiera dejar claro este punto. En ocasiones se habla de palabrería, como desprecio de la palabra o como palabra meramente aparente. Pero no entre dos verbos…

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Perderse para encontrarse: el monje, el gato y la luna

Leonardo Boff

El hombre moderno ha perdido el sentido de la contemplación, de maravillarse delante de las aguas cristalinas de un riachuelo, de llenarse de sorpresa ante un cielo estrellado y de extasiarse delante de los ojos brillantes de un niño que lo mira interrogante. No sabe lo que es el frescor de una tarde de otoño y es incapaz de quedarse solo, sin móvil, sin internet, sin televisión, sin aparato de sonido. Tiene miedo de oír la voz que le viene de adentro, aquella que nunca miente, que nos aconseja, nos aplaude, nos juzga y siempre nos acompaña. Esta pequeña historia de mi hermano Waldemar Boff, que intenta personalmente vivir al modo de los monjes del desierto, nos trae de vuelta a nuestra dimensión perdida. Lo que es profundamente verdadero sólo se deja decir bien, como atestiguan los antiguos sabios, por pequeñas historias y raramente por conceptos. A veces cuando imaginamos…

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